jueves, 6 de octubre de 2011

De como se formaron las estatuas de Santiago.

-Hace mucho tiempo atrás, la tierra por la que ahora caminamos estaba levantada casi tres metros por encima de nosotros, y en ese entonces, la gente era mucho más grande de lo que nosotros somos ahora, ¡algunos medían hasta casi cinco metros de altura!...
Fue en ese tiempo en que los grandes héroes y señores de nuestro país comenzaron a surgir; académicos, militares, presidentes, artistas, damas de gran influencia y en fin, muchos otros que hicieron grandes cosas. Vivían tranquilos y sin muchas preocupaciones, nada más alla de lo que el siglo XIX podia entregarles, pero, había una cosa con la que jamás nadie se hubiera imaginado a enfrentar; un mal presagio, una visión horrible y catastrófica que haría temblar a todo el mundo y de sobre manera a nuestra ciudad.
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*Cuentan los viejos nativos de nuestros ya, inexistentes bosques, que hace muchos años atrás, una joven niña mapuche tuvo un horrible sueño en una cálida noche de Luna Nueva. 
En una espantosa y muy poblada ciudad de esas que se estaban construyendo por allá en el norte, a las orillas del cerro Welén, el cielo comenzó a teñirse lentamente de rojo, como si un corazón hubiera sido arrancado y su sangre se hubiese derramado, las nubes comenzaron a turbarse y a formar grandes cúmulos y manchas que lo cubrian todo, y fue entonces cuando comenzó la catástrofe; cientos de miles de gotas negras y espesas caían como pesados guijarros sobre los techos , las calles y la gente de la ciudad quemándolas y desfigurándolas.
La niña se levantó rápidamente y al instante comprendió que ese sueño que tuvo no fue más que una clara visión. Sin pensarlo dos veces, corrió a contárselo a la Machi de su pueblo quién estuvo de acuerdo en que la niña debía ir hasta la ciudad de esos Winka para prevenirlos de la horrible catástrofe. Pero que lástima que no hablaran el mismo idioma*
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Aquella tarde, por las calles de Santiago, se rumoreaba entre la gente el extraño suceso ocurrido durante la mañana; una niña india, muy sucia y cansada, se habia presentado ante las puertas del palacio de la Moneda, gritando y chillando muy angustiada en un idioma que nadie entendía, con ganas, al parecer, de encontrarse con alguien para decirle algo. Rápidamente los guardias la tomaron y se la llevaron a la Iglesia de San Francisco, se la entregaron a los monjes para que ellos vieran que hacer con ella; guardias como ellos no estaban para ser niñera de nadie, ni menos de una india como esa.
La tarde dejó paso a la noche, una noche muy calida y ventosa, algo muy inusual para aquella época del año, pero no le dieron mucha importancia y toda la gente comenzó a volver a sus casas antes de que la oscuridad fuera completa. Fue entonces cuando todo comenzó. 
Un destello de luz roja se extendió por todo el cielo y encegueció a todos los ciudadanos que se encontraban allí; desorientados, confundidos y ciegos corrian y gritaban por todas partes sin saber que era lo que ocurría; para los que aun podian ver, se dieron cuenta de que el cielo rápidamente comenzaba a llenarse de enormes nubarrones negros como el carbón y que relampagos de fuego destellaban por entre las nubes iluminandolo todo de color sangre. Todo el mundo salió de sus casas para ver que era lo que estaba sucediendo, cuando entonces un millón de gotas negras y espesas caían fuertemente sobre todo y solidificándose al contacto, convirtiéndo casas, animales y personas en piedra. Poco a poco la ciudad comenzó a inundarse de esta roca liquida que se endurecía al instante y la gente, sin escapatoria, aceptaba su muerte segura adoptando las mejores poses que ellos creian, eran las mejores para ser recordados como estatuas. 


El Gran Diluvio Pétreo duró toda la noche y algo más, para el amanecer, ya toda la ciudad estaba hecha piedra, el cielo ya se había despejado y el sol comenzó a ascender tras la cordillera, dejando a la luz los vestigios de una ciudad convertida en una especie de museo de esculturas negras y de apariencia casi vivas. Cualquiera que hubiera paso por allí en ese momento, se hubiese sorprendido de la perfección de aquellas estatuas, e incluso hubiera pensado que podían caminar y respirar como si tuvieran vida. 


Tal vez, no hubiese estado muy equivocado...